Julián Salvatierra recuperó la conciencia rodeado por oscuridad, flores y el sonido de personas rezando por su muerte.
Durante varios segundos no entendió dónde estaba.
Intentó abrir los ojos y descubrió que sus párpados no respondían.
Quiso levantar la mano, doblar una rodilla, mover la lengua.
Nada ocurrió.
Su cuerpo parecía haberse convertido en una prisión silenciosa.
Entonces escuchó una voz detrás de la madera.
—Pobre hombre.
Cincuenta y un años no son nada.
La frase atravesó a Julián como una descarga.
Sintió el perfume de los lirios.
La tela satinada bajo su nuca.
El olor dulce del barniz nuevo.
Y comprendió.
Estaba dentro de un ataúd.
No podía saber cuánto tiempo llevaba allí.
Su respiración era tan tenue que apenas sentía el paso del aire.
El corazón parecía dar un latido aislado y luego quedarse inmóvil durante una eternidad.
Quiso gritar que estaba vivo.
No pudo.
Los recuerdos de la noche anterior regresaron fragmentados.
Había llegado a su casa de Guadalajara después de una reunión con los directores de Salvatierra Desarrollos, la empresa inmobiliaria que fundó con su padre treinta años atrás.
Llevaba semanas sintiéndose extraño: mareos repentinos, debilidad muscular, visión borrosa.
Su esposa, Verónica, insistía en que trabajaba demasiado.
—Algún día tu cuerpo va a obligarte a parar —le había dicho aquella tarde.
El médico privado de la familia, Ramiro Salcedo, coincidía con ella.
Había realizado análisis básicos que no mostraron nada alarmante y recomendó descanso.
Julián obedeció a medias.
Aquella noche estaba revisando unos contratos cuando Verónica entró con una taza.
—Manzanilla con miel —dijo—.
Te hará dormir.
Julián sonrió.
—Desde cuándo te convertiste en mi enfermera.
—Desde que mi marido decidió que dormir cuatro horas era una virtud.
Ella le besó la frente.
Él bebió.
El sabor era casi normal, salvo por una nota amarga que apareció al final.
—Esto sabe raro.
Verónica miró la taza.
—Debe ser la miel de agave nueva.
Cinco minutos después, Julián sintió que el suelo se inclinaba.
Intentó levantarse.
Las rodillas cedieron.
Recordaba a Verónica sujetándolo antes de que golpeara el escritorio.
Recordaba su voz llamándolo por su nombre.
Luego nada.
Hasta el ataúd.
Una puerta se abrió en algún lugar cercano.
Julián reconoció los pasos de su esposa.
Durante quince años había escuchado esos tacones cruzar su casa, hoteles, aeropuertos y restaurantes.
Podía reconocerlos incluso sin verla.
—¿A qué hora sale la carroza? —preguntó Verónica.
Un hombre respondió que el traslado al crematorio estaba previsto para las cinco.
—Necesito que sea hoy.
—Sí, señora Salvatierra.
Está programado.
—No quiero retrasos.
Julián sintió un frío mental que nada tenía que ver con la temperatura del féretro.
Nunca había pedido ser cremado.
De hecho, años atrás había comprado dos espacios familiares junto a la tumba de su padre en Zapopan.
¿Por qué Verónica insistía en quemar su cuerpo?
La respuesta llegó pocos minutos después.
Cuando la sala quedó casi vacía, otra voz habló muy cerca.
—Estás demasiado tensa.
Esteban Luján.
Socio de Julián.
Consejero financiero.
Padrino de su sobrino.
Durante nueve años había compartido cenas familiares y viajes de negocios con ellos.
—¿Cómo quieres que esté? —contestó Verónica en voz baja—.
Sigue ahí.
—Y seguirá ahí.
La dosis hizo exactamente lo que debía.
Si el corazón de Julián hubiera podido acelerarse, habría golpeado el ataúd.
Verónica guardó silencio.
Esteban continuó:
—El