Despertó En Su Ataúd Y Oyó El Secreto Que Su Esposa Quería Quemar

recipiente.

La primera prueba no ofreció una identificación completa, pero detectó un alcaloide sintético usado en investigación farmacológica y capaz de producir depresión neuromuscular severa.

Mariana cambió de expresión.

—¿El cuerpo ya fue embalsamado?

—No lo sé.

—Averígualo ahora.

—¿Por qué?

—Porque algunos compuestos de este tipo pueden dejar a una persona consciente pero casi completamente paralizada.

El pulso puede ser difícil de detectar.

Laura sintió un vacío en el estómago.

—¿Me estás diciendo que podrían haberlo declarado muerto por error?

—Te estoy diciendo que no permitiría una cremación sin comprobarlo de nuevo.

Laura salió del laboratorio y llamó a la funeraria.

Le confirmaron que el cuerpo sería trasladado al crematorio a las cinco.

Eran las cuatro y doce.

Dentro del ataúd, Julián no sabía nada de aquello.

Solo sabía que el tiempo avanzaba.

Escuchó cómo algunas personas se despedían.

Una tía apoyó la mano sobre la tapa y lloró.

Un antiguo empleado habló de su generosidad.

Alguien mencionó que la carroza estaba por llegar.

Cada despedida sonaba como una puerta cerrándose.

Entonces escuchó la voz de Laura.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Verónica con evidente molestia.

—Es el funeral de mi hermano.

—No apareciste en toda la mañana.

—Estaba resolviendo algo.

Julián sintió una esperanza tan violenta que casi dolió.

Laura estaba allí.

Los pasos se acercaron al féretro.

—Quiero verlo —dijo ella.

Verónica respondió demasiado rápido.

—No.

Hubo silencio.

—¿No?

—Quise decir que no creo que sea conveniente.

Ya está preparado y cerrado.

—Entonces ábrelo.

Esteban intervino.

—Laura, todos estamos afectados.

No conviertas esto en algo más doloroso.

—Solo pedí ver a mi hermano.

—El embalsamamiento cambia mucho el rostro.

Laura tardó un segundo en contestar.

—¿Embalsamamiento?

El encargado de la funeraria, que estaba a pocos metros, explicó que no se había realizado porque la familia solicitó cremación rápida.

Julián escuchó un pequeño movimiento.

Imaginó a su hermana girando hacia Esteban.

—Entonces acabas de mentir sin necesidad.

—Me expresé mal.

—Claro.

Laura abrió su bolso.

—Encontré una ampolla en el coche de Julián.

El silencio cambió.

Julián no podía verlo, pero podía sentirlo.

—No sé qué tiene que ver conmigo —dijo Verónica.

—No dije que tuviera que ver contigo.

Nadie respondió.

Laura continuó:

—La analizó una toxicóloga.

Hay indicios de un compuesto capaz de provocar parálisis profunda y reducir los signos vitales hasta parecer muerte clínica.

Verónica soltó una carcajada seca.

—Eso es ridículo.

—Puede ser.

Por eso quiero que revisen a Julián antes de quemarlo.

—Soy su esposa y no autorizo que profanen su cuerpo.

—Qué palabra tan interesante —dijo Laura—.

Profanar.

Esteban perdió la paciencia.

—Esto se terminó.

Verónica, vámonos.

La frase quedó suspendida.

Laura preguntó lentamente:

—¿Vámonos?

Esteban intentó corregirse.

—Quiero decir que salgamos de la sala.

Pero el daño estaba hecho.

Laura marcó un número.

En realidad, ya había llamado a emergencias antes de entrar.

Solo necesitaba mantenerlos allí.

Siete minutos después, dos paramédicos y una patrulla llegaron a la funeraria.

Verónica protestó.

—Mi marido fue declarado muerto por un médico.

La paramédica principal, una mujer llamada Alicia Correa, contestó con calma:

—Entonces verificaremos que continúe sin signos vitales.

No debería haber problema.

El encargado retiró los seguros del féretro.

Dentro, Julián oyó cada clic.

Cuando levantaron la tapa, el aire fresco rozó su rostro por primera vez en horas.

Alicia tocó su cuello.

No

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