Cuando Mateo vio las cicatrices en la espalda de su esposa, la fiesta de bodas todavía seguía viva dos pisos más abajo.
El cuarteto tocaba una canción lenta.
Las copas chocaban.
Desde el jardín llegaban voces, risas y el ruido de una fuente iluminada por pequeñas lámparas doradas.
En la suite nupcial, en cambio, Elena acababa de quedarse inmóvil.
Mateo había comenzado a desabrochar con cuidado la fila de pequeños botones del vestido.
Ella incluso había bromeado con que quizá tendrían que llamar a una de sus primas para liberarla de aquella armadura de encaje.
Entonces la tela descendió de sus hombros.
Y Mateo dejó de respirar por un segundo.
Varias cicatrices antiguas cruzaban el costado de Elena y se extendían hacia la espalda.
Algunas eran delgadas, casi blancas.
Otras tenían bordes irregulares.
No parecían heridas recientes ni accidentes casuales.
Elena percibió el silencio y se cubrió instintivamente con los brazos.
—No tienes que decirme nada si no quieres —dijo Mateo—.
Pero necesito saber si estás en peligro.
Ella negó con la cabeza.
Luego volvió a asentir.
—Ya no —murmuró.
Mateo tomó una bata del respaldo de una silla y se la puso sobre los hombros sin apresurarla.
—¿Quién fue?
Elena mantuvo los ojos clavados en el suelo.
—Mi tío Ramiro.
El nombre cayó entre ambos con un peso extraño.
Ramiro Beltrán había brindado por ellos apenas cuarenta minutos antes.
Había ocupado una mesa central en la recepción, había contado anécdotas sobre la infancia de Elena y había pagado, además, una parte considerable de la boda como regalo para la familia.
Mateo recordó su sonrisa amplia, su traje oscuro hecho a medida y la facilidad con la que todos buscaban su aprobación.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Elena apretó los labios.
—Desde que yo tenía diecisiete años.
Mateo no hizo ninguna pregunta más durante varios segundos.
Sabía que el silencio podía ser más útil que cualquier reacción impulsiva.
Elena continuó sola.
Su padre había muerto cuando ella era niña.
Ramiro, hermano menor de su madre, se convirtió con el tiempo en el hombre que resolvía los problemas familiares.
Pagó estudios, cubrió deudas, financió tratamientos médicos y convirtió una pequeña empresa de remodelaciones en un poderoso grupo de residencias privadas y complejos para adultos mayores.
Todo el mundo lo consideraba generoso.
Elena lo conocía de otra manera.
—La primera vez pensé que había sido un ataque de ira —dijo—.
Después comprendí que lo hacía porque podía.
Contó que Ramiro usaba castigos, amenazas y aislamiento.
Cuando Elena intentó confesarle a su madre que le tenía miedo, Ramiro se adelantó.
Convenció a la familia de que la adolescente atravesaba una etapa emocional inestable.
—Mi madre empezó a preguntarme si estaba tomando mis medicamentos —dijo Elena con una sonrisa amarga—.
Yo ni siquiera tomaba medicamentos.
Mateo sintió que una pieza encajaba.
Años antes, cuando todavía trabajaba en la unidad de delitos económicos de la fiscalía regional, había visto comportamientos similares.
Personas con poder financiero que no dependían únicamente del miedo.
Construían redes.
Deudas.
Favores.
Documentos.
Secretos compartidos.
Si alguien hablaba, no solo se enfrentaba al agresor: parecía poner en riesgo a toda su familia.
—¿Alguna vez te amenazó por escrito? —preguntó.
Elena levantó lentamente la mirada.
—Sí.
—¿Conservaste algo?
Ella lo observó con desconcierto.
—¿Por qué preguntas eso?
Mateo se sentó frente a ella.
—Porque personas