como Ramiro suelen creer que el miedo es suficiente para borrar pruebas.
Y a veces se equivocan.
Elena tardó un momento en responder.
Después caminó hasta la maleta con la que había llegado al hotel y retiró varias prendas cuidadosamente dobladas.
En un compartimento oculto encontró una funda de tela.
Dentro había un teléfono antiguo.
—No lo he encendido en años.
La batería estaba casi muerta, pero Mateo llevaba un cargador universal en su mochila de trabajo.
Elena sonrió apenas al verlo.
—Eres la única persona que trae eso a su propia boda.
—También traje una calculadora.
Ella soltó una risa breve e inesperada.
Fue el primer instante de alivio desde que había comenzado a hablar.
Cuando el teléfono volvió a encenderse, el pasado apareció dentro de él.
Había mensajes de voz, fotografías, capturas de transferencias bancarias y correos reenviados desde cuentas que ya no existían.
Muchos mensajes no contenían confesiones directas, pero sí amenazas veladas.
“Tu madre debería pensar bien quién paga su casa antes de hacer preguntas.”
“No conviertas un problema privado en una tragedia familiar.”
“Todos creen que exageras.
No los obligues a elegir.”
Elena cerró los ojos.
Mateo siguió revisando.
Una grabación llamó su atención.
Se escuchaba a Elena, varios años más joven, diciendo que hablaría con un abogado.
La respuesta de Ramiro era tranquila.
—Antes de hacerlo, pregúntale a tu madre quién firmó los papeles de San Jerónimo.
Mateo detuvo el audio.
—¿Qué es San Jerónimo?
Elena frunció el ceño.
—Una finca que pertenecía a mi abuelo.
—¿Todavía pertenece a la familia?
—No.
Mi madre dijo que se vendió cuando enfermó.
Mateo no respondió.
Sabía reconocer una frase que escondía otra cosa.
San Jerónimo no parecía una amenaza cualquiera.
Parecía una llave.
A la 1:17 de la madrugada llegó un mensaje nuevo al teléfono de Elena.
Era de Ramiro.
“Bonita boda.
No arruines ahora lo que tu madre tardó tantos años en conservar.”
Elena palideció.
—¿Cómo sabe que encendí el teléfono?
—Probablemente no lo sabe —dijo Mateo—.
Está comprobando si todavía reaccionas cuando él tira de la cuerda.
—¿Y qué hago?
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
—Esta vez, nada.
Salió al balcón y llamó a Valeria Sanz, una antigua compañera de la unidad de delitos patrimoniales.
No había hablado con ella en más de un año.
—Dime que no llamas desde tu luna de miel —respondió Valeria.
—Todavía estoy en la boda.
—Peor aún.
—Necesito que verifiques unas sociedades.
La voz de Valeria cambió de inmediato.
—¿Qué clase de sociedades?
—Posibles empresas instrumentales.
Hay indicios de coacción y movimientos patrimoniales usados para controlar a una víctima.
—Nombre.
—Ramiro Beltrán.
Hubo una pausa.
—¿Beltrán Residencias?
—Sí.
—Eso no es pequeño, Mateo.
—Lo sé.
Mateo envió fotografías de algunos documentos y varios fragmentos de audio.
Valeria prometió iniciar una revisión preliminar utilizando bases oficiales y contactar a una fiscal de guardia si encontraba señales suficientes de riesgo de ocultamiento de activos.
Cuando Mateo volvió a entrar, Elena estaba de pie frente a la ventana.
—Tengo miedo de que mi madre me odie —dijo.
—Puede enfadarse.
Puede negar cosas.
Puede tener miedo.
Pero ninguna de esas reacciones cambia lo que ocurrió.
—Ella depende de él.
—Entonces averiguaremos exactamente de qué manera.
Bajaron de nuevo a la recepción para evitar despertar sospechas.
Ramiro los encontró cerca de