cama.
Miró al niño.
Y se quedó inmóvil.
La enfermera que sostenía una bandeja dejó de moverse.
—¿Doctor?
Esteban dio un paso hacia el bebé.
Sus ojos estaban clavados en el mechón blanco.
—No puede ser —murmuró.
Lucía sintió que el alivio desaparecía de su cuerpo.
—¿Qué ocurre?
El médico no contestó de inmediato.
Luego vio detrás de la oreja izquierda del niño una pequeña hendidura natural.
Era apenas un pliegue diferente en el cartílago.
Para cualquier otra persona habría sido insignificante.
Para Esteban no.
Se llevó una mano a la boca.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Doctor —insistió Lucía, incorporándose a pesar del dolor—.
¿Mi hijo tiene algo?
Esteban reaccionó.
—No.
No, señora Navarro.
Su hijo está bien.
—Entonces ¿por qué está llorando?
La pregunta dejó la habitación en silencio.
Esteban miró la pulsera identificativa de Lucía.
Nombre completo.
Fecha de nacimiento: 14 de septiembre de 1998.
El médico cerró los ojos.
Aquella fecha era imposible de olvidar.
Veintiocho años antes, a las 2:41 de la madrugada de ese mismo día, su esposa Clara había dado a luz a una niña en la Clínica Santa Beatriz.
La bebé había nacido prematura, pero respiraba.
Esteban la vio durante menos de un minuto antes de que el equipo de neonatología se la llevara.
Tenía un mechón blanco sobre la sien derecha.
La misma característica hereditaria que había tenido la madre de Esteban y que él mismo conservaba, aunque con los años se hubiera confundido con sus canas.
También tenía una diminuta hendidura detrás de la oreja izquierda.
Cuatro horas después, un médico les informó que la niña había sufrido una complicación respiratoria y había muerto.
Clara pidió verla.
Le dijeron que estaban preparando el cuerpo.
Esteban pidió verla.
Le respondieron que había sido trasladada temporalmente para una evaluación complementaria.
Horas más tarde apareció una nueva explicación: por un error administrativo, el cuerpo había sido enviado a otra dependencia.
Nunca volvieron a verlo.
Durante meses, Esteban presentó reclamos.
Durante años pidió expedientes.
Las respuestas cambiaban.
Algunos documentos se contradecían.
Había horarios modificados y firmas ilegibles.
Pero no tenía pruebas de que su hija estuviera viva.
Clara, destrozada por el duelo, terminó suplicándole que dejara de investigar.
—No puedo enterrarla si tú sigues diciéndome que quizá todavía está en alguna parte —le dijo una noche.
Esteban dejó de hablar del tema.
Nunca dejó de pensar en él.
Ahora, veintiocho años después, tenía frente a sí a una mujer nacida el mismo día y a un bebé con dos rasgos que pertenecían a su familia.
—Necesito preguntarle algo —dijo finalmente.
Lucía abrazó al niño con más fuerza.
—Pregunte.
—¿Sabe en qué hospital nació usted?
Ella frunció el ceño.
—Según mis papeles, en una maternidad municipal de Villa María.
—¿Conoce a sus padres biológicos?
—No.
Esteban sintió un golpe en el pecho.
—¿Fue adoptada?
—Pasé por hogares de acogida desde que era bebé.
La enfermera observó al médico.
—Doctor Salvatierra, quizá deberíamos dejar descansar a la paciente.
Él asintió de inmediato.
—Sí.
Tiene razón.
Antes de salir, sin embargo, miró una vez más a Lucía.
—No quiero asustarla.
Y no voy a afirmar nada que no pueda demostrar.
Pero hay algo que necesito explicarle cuando usted se sienta preparada.
Lucía no durmió.
Dos horas después pidió hablar con él.
Esteban regresó sin bata,