El camarero estaba a punto de colocar frente a mí un plato de filete cuando mi hermano levantó dos dedos y lo detuvo.
—Ese lugar ya está ocupado —dijo Diego.
Miré la pequeña tarjeta con mi nombre apoyada junto a la copa.
—Dice Alma.
—Ya sé leer.
Con una sonrisa, tomó la tarjeta, la dobló por la mitad y la dejó dentro de mi copa vacía.
Después señaló una mesa auxiliar cerca de la puerta por donde entraban los camareros.
—Puedes comer allá.
La mesa principal es para la familia.
Durante un segundo pensé que nadie había entendido lo que acababa de decir.
Después escuché las primeras risas.
Mi prima Renata levantó el teléfono.
Mi tío Gabriel negó con la cabeza, divertido.
Mi madre se cubrió la boca con la servilleta mientras fingía toser.
Mi padre siguió comiendo.
Era el cumpleaños número sesenta de mi madre y había treinta personas reunidas en un salón privado de un restaurante en Monterrey.
Flores blancas, lámparas cálidas, copas finas y una banda de jazz tocando detrás de una pared de cristal.
Yo había llegado diez minutos tarde porque una de nuestras unidades de transporte sufrió un accidente menor en la carretera a Saltillo y tuve que coordinar el reemplazo.
Para Diego, aquello había sido suficiente para recordarme cuál era mi lugar.
—No exageres —dijo cuando vio mi cara—.
Pasas todo el día tratando con bodegas, choferes y proveedores.
Seguro te sientes más cómoda junto al servicio.
Las risas aumentaron.
Entonces añadió:
—Además, alguien tiene que dejar libres las mejores sillas para los que sí pertenecen al negocio familiar.
Eso era lo que realmente quería decir.
Desde niños, Diego había sido presentado como el heredero natural de Muebles Elisa, la fábrica que nuestra abuela fundó en un pequeño taller y convirtió en una empresa conocida en todo Nuevo León.
Yo era la hija que había elegido otro camino.
Estudié ingeniería industrial, trabajé cinco años para una compañía de transporte y después monté una empresa tecnológica para optimizar inventarios y rutas de distribución.
Durante mucho tiempo, mi familia describió mi trabajo como hacer facturas en una computadora.
Nunca me molesté en corregirlos.
Mientras ellos se reían aquella noche, mi empresa coordinaba operaciones para tres cadenas hospitalarias, nueve hoteles y varios fabricantes.
Teníamos oficinas en dos ciudades y más de cien empleados directos e indirectos.
Pero mi familia prefería imaginar que yo era una muchacha que había tenido suerte con una aplicación.
Lo que tampoco sabían era cuánto de su comodidad dependía de esa supuesta suerte.
Cuatro años antes, mi abuela Elisa murió después de una enfermedad breve.
Dos semanas antes de su muerte, me pidió que me sentara junto a su cama.
—Diego sabe vender —me dijo—, pero todavía no sabe caer.
Y quien no sabe caer puede destruir a otros intentando mantenerse de pie.
Yo traté de sonreír.
—Vas a tener tiempo para enseñarle.
Ella negó con la cabeza.
—Quiero que me prometas algo.
No dejes que la familia pierda todo por orgullo.
Prometí ayudar.
Nunca prometí entregarles mi vida, pero durante los años siguientes la diferencia empezó a desaparecer.
Cuando la fábrica tuvo problemas de liquidez, cubrí una nómina.
Después otra.
Cuando el banco amenazó con cancelar la línea de crédito, firmé como garante mediante una de mis sociedades.
Cuando mis padres atrasaron