fortuna resolviera su vida, mientras Clara parecía ser de esas personas capaces de construir una vida incluso cuando no había fortuna alguna.
La última frase decía:
No permitas que esta herencia te convierta en alguien diferente.
Úsala para seguir siendo quien ya eras.
Clara dejó la nota sobre el escritorio.
Afuera, el sol de la tarde atravesaba los árboles y dibujaba sombras sobre el jardín donde meses atrás había celebrado el cumpleaños de aquel hombre.
Por un instante recordó las maletas junto a la puerta, la copa de champaña y la forma en que Mauricio había reído cuando ella firmó el divorcio.
Entonces comprendió algo que nunca habría podido ver aquella tarde.
Mauricio creía que al echarla de su vida estaba eliminando el último obstáculo entre él y una fortuna.
En realidad, había sido su propia decisión la que cerró la puerta.
Clara guardó la carta en su bolso, cerró el cajón y salió al jardín.
No se sentía millonaria.
Se sentía libre.
Y, por primera vez en muchos años, eso le pareció una riqueza suficiente.