—¿Cómo conseguiste esto?
—Iván dejó su teléfono abierto mientras se bañaba.
Yo había visto un mensaje de Norma en la pantalla.
Tomé fotos porque ya sospechaba que algo estaba mal.
Había más.
Un contrato de arrendamiento para un pequeño local comercial.
Un depósito inicial.
Héctor aparecía como responsable solidario.
Pero el documento incluía también una supuesta autorización de Mateo.
La firma se parecía a la suya.
Solo que él jamás había firmado aquello.
—Esto es falso —dijo.
Lucía asintió.
—Lo sé.
Mateo fotografió todos los documentos y se los envió a su correo personal.
A la mañana siguiente llamó al banco.
La investigación reveló que Héctor había conservado activa la tarjeta adicional porque nunca se completó correctamente la cancelación.
Los retiros físicos habían sido autorizados con su identificación.
Pero las transferencias al negocio requerían otra autorización.
Alguien había usado fotografías de documentos de Mateo y una firma electrónica creada desde un dispositivo que él no reconocía.
El banco bloqueó la cuenta y abrió una investigación.
Mateo también cambió las contraseñas de todos sus servicios financieros.
Después llamó al administrador del edificio.
—Necesito cambiar la cerradura hoy.
—¿Perdió las llaves?
Mateo miró a Lucía dormida.
—Algo así.
Cuando regresó al apartamento esa tarde, Héctor estaba sentado solo en las escaleras.
Los demás se habían ido.
Mateo se detuvo frente a él.
—¿Dónde está Norma?
—En su casa.
—¿Iván?
—Con ella.
Héctor levantó la mirada.
Parecía diez años mayor.
—Necesito hablar contigo.
Mateo abrió la puerta, pero no lo invitó a pasar.
—Habla.
—Yo sabía que iban a usar el dinero.
—Eso ya lo sé.
—Pero no sabía de la firma falsa.
Mateo lo observó en silencio.
—¿Qué pensabas que pasaría cuando les dieras acceso a mi dinero sin preguntarme?
Héctor se frotó las manos.
—Iván me dijo que podía recuperar todo en unas semanas.
El local ya estaba equipado.
Solo necesitaba el depósito y mercancía.
—¿Y decidiste apostar el dinero del nacimiento de tu nieta?
—Pensé que podía ayudar a tu hermano sin molestarte otra vez.
Mateo casi sonrió ante la absurda lógica.
—Me robaste para no molestarme.
Héctor cerró los ojos.
—Cuando murió tu mamá, tú empezaste a resolverlo todo.
Las cuentas, la casa, los problemas de Iván.
Me acostumbré.
—Eso no te dio derecho a hacerlo.
—Lo sé.
Mateo esperó una excusa.
No llegó.
—Norma decía que tú nunca te negarías —continuó Héctor—.
Que solo te enojarías unos días.
Mateo sintió frío.
Ahí estaba el centro de todo.
Su familia no había interpretado su generosidad como cariño.
La había convertido en garantía.
—Lucía tuvo contracciones prematuras anoche mientras limpiaba lo que ustedes dejaron.
Héctor palideció.
—¿La niña está bien?
—Sí.
—Gracias a Dios.
—No uses eso para sentirte mejor.
Están bien porque llegamos a tiempo.
Héctor bajó la cabeza.
Mateo respiró hondo.
—La cerradura se cambia hoy.
No tendrás llave.
Nadie entra sin permiso.
No voy a pagar las cuentas de Iván.
No voy a cubrir los gastos de Norma.
Y quiero que colaboren con el banco para devolver cada peso.
—Lo haré.
—Eso no arregla lo que le hicieron a Lucía.
—Lo sé.
Mateo negó lentamente.
—Creo que apenas estás empezando a saberlo.
Tres días después, Lucía volvió a casa con indicaciones estrictas de reposo.
Norma apareció esa misma tarde.
Tocó el timbre durante casi cinco minutos.
Mateo