aparecía cuando estaba tratando de calcular cuánto sabía la otra persona.
Aquella reacción despertó un recuerdo que Lucía llevaba años sin revisar.
Dos años atrás, cuando su empresa todavía tenía seis empleados y sobrevivía gracias a dos pequeños contratos, Sergio se había ofrecido a ayudarla.
Había sido extraño.
Hasta entonces siempre se había burlado de su proyecto.
Sin embargo, una tarde la llamó y le dijo que conocía a un abogado especializado en propiedad intelectual.
—Te conviene profesionalizarte —le explicó—.
Algún día alguien puede aprovecharse de ti.
Lucía aceptó la recomendación.
El abogado, Ramiro Cedeño, revisó contratos durante unos meses.
Después presentó una propuesta aparentemente atractiva: una sociedad de inversión estaba dispuesta a inyectar capital a cambio de adquirir parte de las patentes y del código.
Lucía estuvo a punto de aceptar.
Solo se detuvo porque una cláusula otorgaba a aquella sociedad derechos demasiado amplios sobre futuras versiones del producto.
Cuando preguntó, Ramiro minimizó el riesgo.
—Es lenguaje estándar.
A Lucía no le convenció.
Contrató a otra firma.
La nueva abogada tardó quince minutos en darle un consejo.
—No firmes esto.
La oferta desapareció poco después.
Lucía había pensado que se trataba de una negociación agresiva más.
Ahora, frente al rostro pálido de Sergio, empezó a sospechar que nunca había sido solo eso.
Volvió a abrir la carpeta.
—¿Qué haces? —preguntó Sergio.
—Busco algo.
Había un informe elaborado durante la auditoría previa a la venta.
Cientos de páginas revisaban contratos, código, propiedad intelectual y cualquier disputa potencial.
Una pestaña amarilla marcaba una anomalía histórica relacionada con aquella oferta.
Lucía encontró la página.
La sociedad se llamaba Dorsal Capital.
Debajo aparecía Ramiro Cedeño.
Y en un registro antiguo, entre los beneficiarios iniciales, figuraban las iniciales S.
R.
M.
Lucía levantó la mirada.
—¿Qué hiciste?
Sergio se puso de pie.
—No sé de qué hablas.
—Tus iniciales aparecen vinculadas a Dorsal Capital.
—Eso no significa nada.
—El abogado que me recomendaste intentó conseguir mis derechos para esa sociedad.
Marta miró a su hijo.
—Sergio, ¿es verdad?
—Claro que no.
Elena seguía en silencio.
Pero su rostro estaba tenso.
Lucía lo notó.
—Elena, ¿tú sabes algo?
Sergio giró bruscamente.
—No la metas.
Elena respiró hondo.
—Encontré unos papeles hace meses.
El silencio se volvió pesado.
Sergio apretó la mandíbula.
—No sabes lo que encontraste.
Elena se levantó, fue hasta un aparador y tomó su bolso.
De él sacó un sobre doblado.
—Entonces explícalo tú.
Lo puso frente a Lucía.
Dentro había impresiones de varios correos electrónicos.
Uno estaba firmado por Sergio.
Lucía comenzó a leer.
En el mensaje, su hermano describía su situación financiera, sus horarios nocturnos y el agotamiento que sufría mientras desarrollaba la empresa.
Luego sugería algo.
Si le presentaban una oferta antes de que consiguiera capital, probablemente aceptaría una valoración baja.
En otro correo preguntaba qué porcentaje recibiría él si lograba convencerla.
La respuesta decía cinco por ciento.
Lucía dejó las hojas sobre la mesa.
No sentía rabia todavía.
Sentía una especie de vacío.
—¿Me estabas vendiendo?
—No seas dramática.
Aquella frase fue peor que una confesión.
Lucía sonrió sin humor.
—Hasta ahora sigues intentando decidir qué emoción tengo derecho a sentir.
Ernesto golpeó la mesa con la palma.
—Contesta a tu hermana.
Sergio perdió la paciencia.
—¡Intentaba ayudarla!
—¿Cobrando cinco por ciento?
—Ella no tenía estructura.
No tenía experiencia.