Nicolás pronunció una frase que convirtió el robo del anillo en algo todavía más grave.
—Si Mateo descubre lo del contrato, ya valimos.
Mateo dejó de moverse.
Valeria abrió los ojos.
—¿Qué contrato?
La llamada terminó.
Durante varios segundos solo se escuchó el aire acondicionado de la habitación.
Después Mateo abrió una mochila junto al sofá.
—Necesito enseñarte algo.
Sacó una carpeta azul.
Dentro había copias impresas de varios correos y una fotografía de baja resolución.
En ella aparecían Patricia y Nicolás saliendo de una casa de empeño en San Pedro.
—¿De dónde sacaste esto?
—Tu papá me dijo qué sucursal podía ser.
Fui ayer.
No me dieron información, pero vi a tu mamá regresar para hablar con alguien.
Mateo colocó otra hoja frente a ella.
Valeria reconoció inmediatamente el membrete de su empresa.
Luego vio su nombre.
Su puesto.
Su dirección.
Y una firma.
Parecía suya.
No lo era.
—¿Qué es esto?
—Una solicitud de financiamiento.
Valeria sintió náuseas.
La cantidad escrita en la esquina superior era de un millón ochocientos mil pesos.
—Yo nunca pedí esto.
—Lo sé.
Mateo explicó que Lucía, compañera de Valeria en el área financiera, había ido al hospital el día anterior.
Una financiera había llamado a la empresa para verificar una carta laboral enviada desde una cuenta asociada al nombre de Valeria.
La documentación contenía datos reales mezclados con cifras falsas.
—¿Crees que Nicolás hizo esto?
—Creo que intentó conseguir dinero usando tus datos.
—¿Y mi madre?
Mateo no respondió.
No hacía falta.
Valeria pidió su teléfono.
Había más de cuarenta mensajes.
Uno era de Ernesto, su padre.
“Cuando despiertes, llámame sin que Patricia sepa.”
Valeria marcó de inmediato.
—Papá.
Ernesto comenzó preguntando cómo se sentía.
Ella lo interrumpió.
—¿Sabías lo del anillo?
—Me enteré después.
—¿Y el préstamo?
Silencio.
—Encontré unos documentos en el despacho de Nicolás.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Y qué hiciste?
—Hablé con tu madre.
Valeria tuvo que controlar la voz.
—¿Nada más?
—Me pidió que esperáramos hasta que estuvieras fuera de peligro.
Ahí estaba también la vieja costumbre de su padre.
Ernesto rara vez iniciaba el daño.
Pero llevaba treinta años ayudando a Patricia a evitar las consecuencias.
—Quiero la boleta del anillo.
Su padre respiró hondo.
—La tengo yo.
Patricia la había guardado en su bolsa.
Ernesto la encontró esa mañana y, sospechando que podía desaparecer, le tomó fotografías y luego guardó el original.
Un minuto después, la imagen llegó al teléfono de Valeria.
La descripción coincidía exactamente con su anillo.
La pieza había sido entregada por Patricia Salgado Ruiz a cambio de ciento sesenta y cinco mil pesos.
Valeria dejó el teléfono sobre la sábana.
—Mateo, toma fotografías de todo.
Él lo hizo.
—¿Qué quieres hacer?
Valeria tardó unos segundos en responder.
Toda su vida había reaccionado a su familia emocionalmente.
Llamadas.
Discusiones.
Llanto.
Promesas.
Perdón.
Esta vez eligió otra cosa.
—Documentarlo.
Durante las siguientes horas, desde la cama del hospital, cambió contraseñas, informó a su empresa de que cualquier solicitud presentada durante su hospitalización debía considerarse sospechosa y pidió preservar los registros electrónicos relacionados con sus cuentas.
Mateo organizó los certificados y fotografías del anillo.
También contactó a la casa de empeño.
Al principio, el empleado habló de contratos y fechas de vencimiento.
Cuando Mateo explicó que existía una disputa de propiedad y documentación que identificaba claramente