Valeria regresó una noche antes y encontró a su prometido casándose con su prima en el patio del hotel que había heredado de su abuela.
Durante unos segundos, sin embargo, ni siquiera entendió que estaba mirando una boda.
Había llegado a Casa del Mirador poco después de las ocho, todavía con la ropa arrugada del vuelo y la maleta golpeándole los tobillos.
Esperaba encontrar el hotel tranquilo.
Bruno le había dicho que aquella semana apenas tenían dos habitaciones ocupadas y que el personal aprovecharía para hacer mantenimiento.
En cambio, desde el callejón lateral escuchó música de cuerdas.
Vio luces doradas colgando entre los balcones.
Luego apareció el letrero junto a la fuente: BIENVENIDOS A NUESTRA NUEVA VIDA.
Valeria dejó de caminar.
La frase no tenía sentido.
Entonces cruzó el corredor y vio a Bruno.
Traje azul oscuro.
Flor blanca en la solapa.
Las manos entrelazadas con las de Irene, prima de Valeria y administradora de confianza del hotel.
Irene llevaba un vestido blanco.
En el cabello brillaba el broche de esmeraldas de la abuela de Valeria, una pieza que debía estar guardada bajo llave en su despacho.
El juez civil sostenía una carpeta abierta delante de ellos.
Valeria sintió primero incredulidad.
Después vergüenza.
Finalmente, una calma extraña.
Porque llevaba tres semanas esperando descubrir quién intentaba quitarle el hotel.
Solo que jamás había imaginado que la respuesta incluiría una boda.
Una invitada la reconoció.
Luego otra.
El murmullo murió lentamente hasta dejar apenas el sonido del agua de la fuente.
Bruno abrió la boca.
—Valeria…
Irene fue más rápida.
—Pensábamos que regresabas el sábado.
—Eso ya lo veo.
Bruno dejó las manos de Irene y se acercó.
—Puedo explicarlo.
—Entonces empieza por decirme por qué mi prima lleva un vestido de novia en mi patio.
Nadie quiso mirar directamente a Valeria.
Algunos invitados observaban sus copas.
Otros parecían fascinados por el suelo.
Había proveedores que trabajaban con Casa del Mirador desde hacía años, dos clientes habituales y varios conocidos de Bruno.
Todos parecían saber algo.
Eso fue casi peor que la escena frente a la fuente.
Irene respiró hondo.
—No queríamos lastimarte.
Valeria la miró con incredulidad.
—Están celebrando una boda en mi casa.
—Este lugar no es solo tu casa —respondió Irene.
La frase fue pequeña, pero Valeria sintió la amenaza escondida dentro de ella.
Entonces apareció Ramiro Salcedo, tío de Bruno y abogado de varias empresas familiares.
Era un hombre elegante, de cabello gris y paciencia calculada.
Desde que conocía a Valeria se había referido al hotel como un activo desaprovechado.
—Deberíamos hablar en privado —dijo.
—No.
Creo que ya hicieron suficientes cosas en privado.
Ramiro miró alrededor, molesto por la presencia de testigos.
—Esto puede resolverse sin escándalo.
—¿Qué exactamente hay que resolver?
El hombre señaló una mesa cubierta con lino marfil.
Allí había documentos, sellos y dos bolígrafos metálicos.
—La transferencia de Casa del Mirador.
Valeria no reaccionó.
Ramiro confundió el silencio con sorpresa.
—Bruno tendrá participación mayoritaria desde el lunes.
Tú seguirás vinculada al negocio si eres razonable.
Irene añadió:
—Es lo mejor para todos.
Valeria sintió ganas de reír.
Tres semanas antes, su banco le había enviado una alerta porque alguien había iniciado un trámite para obtener un crédito millonario usando Casa del Mirador como garantía.
Ella jamás había solicitado ese dinero.
Al principio pensó