Cuando Sebastián Márquez le dijo que buscara cómo regresar sola a casa después del parto, Lucía Salcedo comprendió que había confundido paciencia con amor durante demasiado tiempo.
Habían pasado apenas siete horas desde que Emilia nació.
Lucía seguía acostada en la habitación privada de una clínica de Ciudad de México, con la espalda rígida, los puntos tirando de su piel cada vez que intentaba incorporarse y una fiebre ligera que la enfermera vigilaba con atención.
Emilia dormía sobre su pecho, diminuta, tibia, con una mejilla aplastada contra la bata del hospital.
Sebastián estaba junto a la ventana mirando el teléfono.
Ni siquiera parecía cansado.
Parecía aburrido.
La enfermera acababa de explicar que Lucía probablemente recibiría el alta a la mañana siguiente, siempre que la fiebre desapareciera, cuando Sebastián levantó la cabeza.
—Entonces mañana puede pedir un taxi, ¿verdad?
La enfermera parpadeó.
Lucía pensó que era una broma.
—¿Qué dijiste?
Sebastián guardó el teléfono en el bolsillo.
—Mi familia tiene una reservación en Polanco.
Mi hermano vino desde Monterrey, mis padres cancelaron compromisos y todos llevamos semanas planeándolo.
Su madre, Beatriz Márquez, estaba sentada en el sillón del rincón con las piernas cruzadas y el bolso sobre las rodillas.
—No veo cuál es el problema —dijo—.
Lucía se queda aquí esta noche de todas formas.
Valeria, hermana menor de Sebastián, añadió mientras se pintaba los labios frente al móvil:
—Además, aquí tiene enfermeras.
Está mejor cuidada que cualquiera de nosotros.
Lucía miró a su marido.
No pidió que cancelara la cena.
No pidió que se quedara toda la noche.
Solo buscó en su cara una señal de que entendía la escena: ella acababa de traer al mundo a su hija, estaba dolorida, asustada y agotada, y él discutía cómo marcharse cuanto antes.
—¿Te vas a llevar mi camioneta? —preguntó al ver las llaves en su mano.
Sebastián encogió un hombro.
—Necesitamos espacio.
Vamos seis.
—¿Y mañana?
—Te mando un coche.
—Acabas de decir que pida un taxi.
Él exhaló con impaciencia.
—Lucía, por favor.
No conviertas esto en un problema.
Aquella frase fue peor que cualquier grito.
Durante años había sido su frase favorita.
No conviertas esto en un problema.
La utilizaba cuando llegaba tarde sin avisar.
Cuando Beatriz hacía comentarios sobre la ropa de Lucía.
Cuando Valeria se burlaba de que ella siguiera trabajando aunque Sebastián decía ganar suficiente.
Cuando él gastaba dinero de una cuenta conjunta sin explicar en qué.
Lucía había aprendido a callar porque cada discusión acababa transformándose misteriosamente en una acusación contra ella.
Demasiado sensible.
Demasiado reservada.
Demasiado seria.
Nunca suficientemente agradecida.
Beatriz se levantó y empezó a revisar la bolsa de la bebé.
Sacó un body blanco con pequeñas flores bordadas.
—¿Esto es lo que compraste?
—Sí.
—Parece de mercado.
Lucía no respondió.
El body había sido confeccionado a mano por Teresa, una mujer que había trabajado con su familia desde que ella era niña.
Había tardado semanas en bordarlo.
Beatriz lo dejó caer dentro de la bolsa.
—Cuando Emilia pase tiempo en nuestra casa tendremos que comprarle ropa adecuada.
Valeria sonrió.
—Mamá ya apartó varias cosas de diseñador.
Lucía acarició la espalda de su hija.
—No necesita ropa de diseñador.
Beatriz la miró.
—No para ti, quizá.
Luego añadió, casi sin modificar el tono:
—Claro que primero habrá que estar seguros de ciertas cosas.