Sebastián levantó la vista.
—Mamá.
Pero no sonó molesto.
Sonó incómodo porque su madre había hablado demasiado pronto.
Lucía sintió que una alerta se encendía dentro de ella.
—¿Seguros de qué?
Beatriz recogió su bolso.
—Nada.
Olvídalo.
Sebastián se inclinó sobre la bebé y rozó la manta con los labios.
—Descansa.
Luego besó a Lucía en la frente.
Un gesto vacío para una escena que quizá después contaría de otra manera.
—No me llames por cualquier cosa.
Esta noche quiero estar con mi familia.
Lucía lo miró durante varios segundos.
—Tu familia está en esta cama.
Él endureció la mandíbula.
—Eso es exactamente lo que digo.
Siempre quieres competir con ellos.
Salió.
Beatriz y Valeria lo siguieron.
La puerta se cerró.
Por primera vez desde el parto, la habitación quedó en silencio.
Lucía miró a Emilia y sintió que el dolor físico se mezclaba con otra cosa más limpia.
Vergüenza.
No porque la hubieran humillado.
Sino porque llevaba años inventando excusas para ellos.
La enfermera se acercó despacio.
—¿Quiere que llame a alguien?
Lucía tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Tomó su teléfono.
Primero llamó a Claudia Ortega.
La abogada contestó casi de inmediato.
—Dime que ya nació.
—Hace siete horas.
La voz de Claudia cambió.
—¿Estás bien?
Lucía miró la puerta.
—Sebastián acaba de irse con su familia.
Se llevó mi coche y me dijo que mañana regresara sola.
Hubo una pausa.
Claudia llevaba tres años esperando aquella conversación.
—¿Quieres activar el acuerdo?
Lucía miró la cabecita de Emilia.
—Sí.
—Necesito oírlo claramente.
—Revoca todos los poderes financieros de Sebastián.
Suspende su representación en Grupo Salcedo.
Congela las cuentas asociadas al fideicomiso familiar y notifica al consejo que su autorización temporal termina hoy.
—¿También quieres recuperar los vehículos y la casa de Bosques?
Lucía cerró los ojos.
Aquella casa estaba a nombre del fideicomiso de su madre.
Sebastián siempre había creído que pertenecía a ambos.
—Todavía no.
Quiero saber qué hace cuando descubra lo demás.
—Entendido.
La segunda llamada fue a la oficina de Octavio Salcedo.
Su abuelo contestó personalmente.
—Lucía.
Ella no consiguió decir nada durante varios segundos.
Octavio entendió.
—Voy para allá.
—Abuelo, no tienes que…
—Ya voy.
La llamada terminó.
Lucía sonrió por primera vez aquel día.
Cuando conoció a Sebastián, había decidido no hablarle de su familia durante las primeras semanas.
No porque se avergonzara de ella, sino porque estaba cansada de descubrir cuánto cambiaban las personas cuando escuchaban el apellido Salcedo.
Su abuelo había construido un conglomerado de logística, infraestructura y almacenamiento que operaba en varios países.
Su madre, fallecida cuando Lucía tenía veintidós años, había heredado una parte considerable y la había dejado dentro de un fideicomiso administrado hasta que Lucía cumpliera treinta.
Lucía había elegido trabajar como analista financiera en una empresa que no pertenecía formalmente al grupo.
Vivía sin escoltas.
Conducía ella misma.
No hablaba de patrimonio.
Cuando Sebastián supo parte de la verdad, ya estaban comprometidos.
Pero Lucía jamás le dijo cuánto poseía realmente.
Solo le explicó que su familia tenía inversiones.
Él pareció aceptarlo.
Con el tiempo, empezó a pedir favores.
Una presentación con un proveedor.
Una recomendación para una posición ejecutiva.
Acceso temporal a una empresa del grupo para liderar un proyecto.
Lucía lo ayudó porque creía en su matrimonio.
Lo que no sabía era que Sebastián había