Defendió su doctorado tras una humillación y su padre reveló el verdadero plan

cerca del mentón.

En la nuca faltaban mechones enteros.

Las lágrimas llegaron sin permiso.

Se cubrió la boca para no sollozar en voz alta.

Durante casi diez minutos permaneció sentada en el piso frío, escuchando a Gabriel justificar lo injustificable al otro lado de la puerta.

Después tomó el teléfono.

No llamó a su esposo.

No llamó a Ofelia.

Pidió un automóvil.

Guardó su computadora, sus documentos, dos camisas y la tesis en una mochila.

Cuando abrió la puerta, Gabriel estaba esperándola.

«¿A dónde vas?»

«A un hotel».

«No hagas una escena».

Valeria lo miró con incredulidad.

«Tu madre acaba de cortarme el cabello mientras tú me sujetabas».

«Estábamos alterados».

«No.

Yo estaba intentando salir.

Ustedes sabían exactamente lo que estaban haciendo».

Ofelia apareció al fondo del pasillo.

«Mañana lo agradecerás cuando se te pase el orgullo».

Valeria sostuvo la mirada de su suegra.

«No voy a faltar».

Por primera vez, Ofelia pareció insegura.

Valeria salió.

En el hotel durmió apenas tres horas.

A las cinco y media de la mañana llamó a su padre, Esteban, que debía viajar desde Monterrey para asistir a la defensa.

Él le dijo que su vuelo de la noche anterior había sido cancelado.

«Lo siento, hija.

Estoy intentando conseguir otro».

Valeria ocultó lo ocurrido.

«No te preocupes.

Te llamo después».

«Tu voz suena rara».

«Estoy cansada».

Hubo un silencio.

«Valeria, ¿pasó algo?»

Ella miró su reflejo en el espejo del hotel.

«Solo necesito terminar esto».

A las seis encontró una pequeña peluquería abierta cerca de un mercado.

La estilista, una mujer llamada Maritza, observó el cabello irregular y después miró a Valeria a través del espejo.

«¿Tú hiciste esto?»

Valeria negó con la cabeza.

Maritza no preguntó quién.

«Puedo emparejarlo, pero tendrá que quedar bastante corto».

«Hazlo».

Mientras los mechones caían al suelo, Valeria sintió algo inesperado.

Cada corte elegido por ella parecía quitarle poder al daño de la noche anterior.

Maritza terminó, retiró la capa y sonrió.

«Ahora parece que viniste porque querías cambiar».

Valeria tocó su nuevo cabello.

«Quizá sí quería».

Llegó a la universidad a las ocho y cuarenta.

Su directora, la doctora Irene Salgado, la esperaba frente al auditorio.

«Valeria».

Su mirada se detuvo en el cabello.

«¿Qué ocurrió?»

«Después de la defensa se lo cuento».

Irene estudió su rostro.

«¿Estás segura de que quieres hacerlo hoy?»

Valeria miró la puerta del auditorio.

«Más que nunca».

La presentación comenzó a las nueve.

Los primeros minutos fueron difíciles.

Valeria podía escuchar su propio pulso.

Cada vez que levantaba la mano para señalar una gráfica, recordaba los dedos de Gabriel alrededor de su brazo.

Pero la investigación era su territorio.

A los diez minutos dejó de pensar en la noche anterior.

Explicó los resultados.

Defendió la metodología.

Reconoció las limitaciones.

Respondió una pregunta particularmente dura sobre falsos positivos y propuso una segunda fase de validación.

Uno de los miembros externos del comité hizo una anotación y sonrió ligeramente.

Valeria supo que había recuperado el control.

Casi al final levantó la vista hacia la última fila.

Y allí estaba su padre.

Esteban había conseguido un vuelo al amanecer.

Tenía la camisa arrugada, el rostro cansado y una carpeta de cuero sobre las rodillas.

Cuando Valeria lo vio, se le cerró la garganta.

Él levantó discretamente el pulgar.

La deliberación del comité duró veintisiete

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