minutos.
Valeria esperó en el pasillo junto a otros estudiantes.
Irene permaneció cerca de ella, sin insistir sobre lo ocurrido.
Finalmente se abrió la puerta.
El presidente del comité la invitó a entrar.
«Doctora Montes», dijo antes incluso de que ella se sentara, «felicidades».
Valeria cerró los ojos un instante.
Había terminado.
Los aplausos todavía no se apagaban cuando la puerta del fondo se abrió.
Gabriel entró con Ofelia.
Valeria sintió que el aire cambiaba.
Él se había puesto una chaqueta y llevaba una expresión calculadamente tranquila.
«Valeria», dijo, avanzando un paso.
«Tenemos que hablar».
Antes de que pudiera acercarse, Esteban se levantó.
Tomó la carpeta de cuero.
«Sí», dijo.
«Pero primero vamos a hablar todos».
Gabriel se detuvo.
El color abandonó su rostro.
Valeria miró a su padre.
«¿Qué pasa?»
Esteban respiró hondo.
«Anoche, después de hablar contigo, algo no me dejó tranquilo.
Tu voz.
Y también una conversación que tuve con Gabriel hace meses».
Gabriel apretó los labios.
«Esto no tiene nada que ver con la universidad».
Esteban abrió la carpeta.
«Creo que tiene mucho que ver».
Sacó un contrato.
«Hace seis meses Gabriel me pidió una inversión para una empresa de tecnología médica.
Me dijo que tú participarías después de graduarte».
Valeria frunció el ceño.
«Nunca me habló de ninguna empresa».
El silencio cayó como una puerta cerrándose.
Esteban continuó.
«Me mostró un resumen de tu investigación.
Tus publicaciones.
Incluso una proyección comercial basada en un sistema de sensores cardíacos».
Valeria se volvió lentamente hacia Gabriel.
«¿Usaste mi investigación?»
«No de la manera que suena».
«¿Entonces de qué manera?»
«Era una oportunidad para nosotros».
Irene se puso de pie.
«¿Qué información tenía exactamente?»
Esteban le entregó varios documentos.
La directora los revisó.
Su expresión se endureció.
«Parte de esto no era público».
Valeria sintió un frío en el pecho.
Recordó la memoria externa que había desaparecido dos meses antes.
Recordó su computadora abierta una madrugada.
Recordó a Gabriel fotografiando un diagrama y diciendo que quería comprenderlo mejor.
«Entraste a mis archivos».
Gabriel negó con la cabeza demasiado rápido.
«Vivimos juntos.
No puedes acusarme de espionaje por ver una computadora».
«Mi trabajo no te pertenecía porque estuviera dentro de nuestra casa».
Ofelia avanzó.
«Todo lo que hizo fue pensando en su futuro».
Valeria la miró.
«¿Su futuro?»
La elección de esas palabras llamó la atención de Esteban.
«Eso es interesante», dijo.
Sacó otro documento.
«Porque la empresa no está registrada a nombre de Valeria y Gabriel».
Ofelia quedó inmóvil.
«Está registrada a nombre de Gabriel y Ofelia».
Valeria sintió que las piezas empezaban a encajar.
No querían simplemente castigarla por estudiar.
Necesitaban que no defendiera.
La defensa establecía públicamente la autoría, la metodología, las fechas y el vínculo institucional de su investigación.
Cuanto más formalmente quedara documentado su trabajo, más difícil sería presentarlo como parte de un proyecto comercial ajeno.
«Anoche no intentaban darme una lección», dijo Valeria.
«Intentaban ganar tiempo».
Gabriel levantó las manos.
«No sabes de qué hablas».
Irene ya estaba llamando al área jurídica de la universidad.
«Hasta que esto se aclare, nadie va a utilizar esos documentos».
Gabriel perdió la calma.
«¡Yo conseguí inversionistas! ¡Yo encontré contactos! ¡Ella habría dejado esa investigación encerrada en una biblioteca!»
Valeria lo observó.
Era la primera vez que él hablaba sin fingir preocupación.
«Así que sí la usaste».