Mateo en la empresa.
Elena había aprendido a no esperar equilibrio.
Pero una cosa era la preferencia.
Otra era pretender que firmara su propia desaparición patrimonial delante de una audiencia.
—¿Dónde firmo? —preguntó.
Su madre relajó los hombros.
Mateo sonrió.
Su padre señaló el final del documento.
—Ahí.
Elena tomó la pluma.
A un costado de Ernesto estaba Verónica Salas, la notaria que había trabajado durante años con Amalia.
Elena la observó mientras fingía revisar la última página.
Verónica tenía la espalda recta, las manos juntas y una carpeta cerrada frente a ella.
No había colocado su sello en ningún documento.
Elena dejó la pluma atravesada sobre la hoja.
—Antes quiero que Mateo explique por qué necesita mis derechos.
La sonrisa de su hermano desapareció apenas un milímetro.
—No los necesito.
—Perfecto.
Entonces me los quedo.
La conversación murió alrededor de la mesa.
Ernesto frunció el ceño.
—No estamos negociando contigo.
—Eso ya lo noté.
Mateo se echó hacia atrás.
—Es un asunto de estructura.
Si tú conservas una participación importante, cualquier decisión se vuelve más lenta.
—¿Qué decisiones?
—Compras, financiamiento, expansión.
—¿Y por qué nadie me ha mostrado el plan de expansión?
Mateo miró a su padre.
Ese pequeño gesto fue suficiente.
Elena lo registró mentalmente igual que habría registrado una inconsistencia durante una auditoría.
Había pasado doce años buscando patrones en empresas donde el dinero desaparecía detrás de contratos perfectamente legales.
Sabía que la mentira rara vez estaba en una frase.
Estaba en los segundos de silencio antes de responder, en las personas a las que alguien miraba antes de hablar y en la información que todos parecían asumir que uno no pediría.
Su madre acercó la pluma.
—Firma y terminemos.
Tu abuela habría querido evitar una guerra entre hermanos.
Elena la miró de frente.
—No hables por ella.
—Soy su hija.
—Y yo fui la persona que estuvo con ella tres noches durante su última hospitalización.
La mesa quedó inmóvil.
Su padre endureció la voz.
—No conviertas eso en una competencia.
—No la estoy convirtiendo en nada.
Elena cerró la carpeta marfil.
—No voy a firmar.
Su madre empujó la silla hacia atrás.
—¿Después de todo lo que esta familia ha hecho por ti?
—Esto no es gratitud.
Es una transferencia de millones de dólares.
—Siempre haces lo mismo —dijo ella—.
Apareces, juzgas a todos desde lejos y luego actúas como si fueras la única inteligente.
Mateo levantó una mano.
—Mamá, déjala.
Si quiere quedar como la hermana que puso en peligro cientos de empleos por codicia, será su decisión.
Elena respiró despacio.
—¿Cientos de empleos?
—Sí.
—¿Cuántos exactamente?
Mateo parpadeó.
—¿Qué?
—¿Cuántos empleados tiene hoy la empresa?
—No voy a entrar en ese juego.
—Trescientos doce —respondió Elena—.
Eran trescientos cuarenta y nueve hace nueve meses.
Su padre golpeó suavemente la mesa con los nudillos.
—Basta.
Elena continuó.
—También sé que redujeron dos rutas, cerraron el taller de San Luis y renegociaron una línea de crédito hace cuatro meses.
Mateo la miró fijamente.
—¿Quién te dio información interna?
—Esa no es la pregunta que haría alguien tranquilo.
Ernesto se puso de pie.
—Esta reunión terminó.
—Todavía no —dijo Elena.
Abrió su bolso y sacó un sobre gris.
La reacción de Verónica fue mínima, pero visible.
Enderezó la espalda.
El padre de Elena lo notó también.
—¿Qué