administrativos.
—Uno o dos, quizá.
Elena sacó una fotografía.
—Treinta y siete patrones repetidos ya son otra cosa.
En la imagen aparecía Mateo hablando con Esteban Muriel, administrador de dos proveedores, en un estacionamiento subterráneo.
Muriel llevaba un sobre en la mano.
Mateo soltó una carcajada.
—¿Me mandaste seguir?
—Yo no.
Elena dejó otra copia junto a la primera.
—La abuela contrató una investigadora privada nueve meses antes de morir.
Su madre se llevó una mano al pecho.
—Amalia jamás habría hecho eso contra su propio nieto.
—Lo hizo para proteger lo que construyó.
Ernesto dio un paso hacia Elena.
—Estás cruzando una línea muy peligrosa.
—La cruzaron ustedes cuando me pidieron firmar sin decirme por qué tenían tanta prisa.
Mateo empujó la fotografía.
—No demuestra nada.
—Correcto.
Elena puso una hoja bancaria frente a él.
—Por eso ella buscó transferencias.
Esta vez, Mateo no respondió.
La notaria leyó la página.
Luego miró a Ernesto.
—Hay autorizaciones corporativas.
Elena asintió.
—Firmadas por Mateo y por mi padre.
Los murmullos atravesaron el salón.
Ernesto se volvió hacia sus hermanos.
—No saben de qué se trata.
Hubo contratos extraordinarios.
Tuvimos que mover recursos para sostener operaciones.
—Entonces habrá facturas reales, órdenes de servicio y evidencia de trabajo —dijo Elena—.
Si existe, me alegrará encontrarla.
Su madre habló demasiado rápido.
—No pueden convertir errores contables en acusaciones criminales.
Elena giró hacia ella.
—Nadie mencionó delitos.
La mujer quedó inmóvil.
Y Elena sintió una punzada fría.
Hasta ese momento había creído que su madre solo defendía a Mateo por costumbre.
Ahora entendía que conocía, al menos parcialmente, la existencia del problema.
Mateo se levantó.
—Me voy.
—Si te vas —dijo Elena—, no retires nada de tu oficina.
—¿Me estás amenazando?
—Estoy protegiendo documentos corporativos.
—No tienes autoridad sobre mí.
Verónica habló sin elevar la voz.
—Sobre usted personalmente, no.
Sobre ciertas decisiones relacionadas con los activos del fideicomiso, ella sí tiene autoridad.
Mateo tomó su teléfono.
En ese momento se abrió la puerta principal.
Entraron dos abogados externos y Julián Barrera, el director financiero de la compañía.
Julián llevaba una caja azul de archivo contra el pecho.
Ernesto perdió el color.
Elena lo vio.
—¿Qué hace él aquí?
—Cumplir instrucciones de Amalia —respondió uno de los abogados.
Julián colocó la caja en el centro de la mesa.
—La señora Rivas me pidió conservar esto fuera de las instalaciones de la empresa.
Debía entregarlo si ocurría alguno de dos eventos.
Mateo apretó el teléfono.
—¿Cuáles?
—Que intentaran vender activos esenciales sin autorización.
O que presionaran a Elena para renunciar a sus facultades.
Nadie dijo nada.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Incluso después de morir, su abuela había previsto que aquello podía pasar.
Julián abrió la caja.
Había contratos, libros mayores, copias de correos y una memoria USB sellada.
Encima de todo descansaba un sobre escrito a mano.
Para Elena.
Solo después.
Elena reconoció la letra de su abuela.
Le temblaron los dedos por primera vez aquella noche.
Verónica le entregó el sobre.
—Creo que esto es suyo.
Elena lo abrió.
La primera línea la obligó a sentarse.
Elena, si estás leyendo esto, significa que intentaron hacer exactamente lo que yo temía.
Continuó.
No quiero que confundas mi decisión con un premio.
Te elegí porque eres la única persona de esta familia que ha