la piel amarillenta y el rostro demacrado.
Cuando notó que todos lo habían visto, se dio vuelta.
—Deténganlo —dijo Jimena.
El agente salió.
Nicolás llegó apenas hasta el ascensor.
Regresó un minuto después acompañado por dos policías.
Teresa corrió hacia él.
—No digas nada.
Nicolás la apartó.
—Ya está todo perdido.
Arturo lo miró como si fuera un desconocido.
—¿Sabías lo de la póliza?
Nicolás soltó una risa cansada.
—Claro que lo sabía.
Teresa palideció.
—Nico.
—Tú me enseñaste los documentos.
—Yo te dije que era una protección temporal.
—Me dijiste que Valeria probablemente no despertaría.
Valeria sintió un dolor seco en el pecho.
El monitor aceleró.
Una enfermera se acercó, pero ella hizo un gesto para indicar que estaba bien.
Nicolás siguió hablando.
—Toda mi vida me dijeron que ella era la egoísta.
Que tenía dinero y nunca ayudaba.
Que nos odiaba.
Arturo levantó la voz.
—¡Intentaste quitarle un órgano!
—Yo estaba muriendo.
—Ella también podía morir.
Nicolás lo miró con una expresión vacía.
—Pensé que ya estaba muerta.
Jimena intervino.
—Los mensajes recuperados de su teléfono muestran que preguntó a su madre cuándo iba a hacer efecto el medicamento.
Nicolás cerró la boca.
Teresa empezó a llorar.
—Él estaba desesperado.
—¿Y tú qué estabas? —preguntó Arturo.
Ella no pudo responder.
Jimena volvió a revisar sus papeles.
—La policía también encontró pagos a un médico llamado Samuel Ibarra.
El efecto del nombre fue inmediato.
Teresa levantó la cabeza.
Nicolás miró al suelo.
Arturo frunció el ceño.
—¿Quién es?
Valeria sintió un destello de memoria.
Aquel apellido.
Una fotografía vieja en casa de su abuela.
Un hombre alto junto a Teresa durante una fiesta universitaria.
Samuel.
Jimena continuó:
—El doctor Ibarra aparece vinculado con la modificación de los análisis de compatibilidad.
También recibió transferencias relacionadas con el proceso privado de trasplante.
—¿Y? —preguntó Arturo.
—Y su perfil genético coincide con el de Nicolás como padre biológico.
Arturo no reaccionó al principio.
Luego miró a Teresa.
—Él.
Teresa se cubrió la boca.
—Yo tenía veinte años.
—¿El médico que está intentando conseguirle un órgano a Nicolás es su verdadero padre?
—Él quiso ayudar.
Jimena negó.
—No solo quiso ayudar.
Alteró resultados, utilizó documentación falsa y coordinó una evaluación clandestina de Valeria como donante.
Nicolás levantó la mirada.
—Samuel dijo que era seguro.
Arturo se volvió hacia él.
—¿Lo conocías?
—Desde hace un año.
Teresa empezó a llorar con más fuerza.
—Yo quería decírtelo.
—¿Un año? —repitió Arturo—.
¿Mi hijo llevaba un año reuniéndose con su verdadero padre?
Nicolás apretó la mandíbula.
—Tú nunca estabas.
Arturo se acercó, pero uno de los agentes lo detuvo.
Valeria observó a todos desde la cama.
Por primera vez entendió algo esencial: aquella conspiración no había sido construida por una sola persona.
Cada uno había agregado su propia mentira.
Teresa había escondido la paternidad de Nicolás durante décadas.
Samuel había convertido su posición médica en una herramienta para manipular expedientes.
Nicolás había aceptado un plan que podía matar a su hermana porque estaba aterrorizado ante su propia muerte.
Y Arturo había permitido durante años una cultura familiar donde el dinero resolvía cualquier límite.
Pero faltaba algo.
¿Por qué Valeria?
Si la compatibilidad era falsa, ¿para qué arriesgarse a usarla como donante?
Jimena parecía haberse hecho la misma pregunta.
—Hay una inconsistencia —dijo—.
Si Samuel sabía que