le acomodaba el chal cada vez que una corriente de aire cruzaba el patio.
Adela pasaba las tardes cuidando plantas, viendo concursos de cocina y quejándose de que los teléfonos modernos tenían demasiados botones.
Esteban jamás la tomó en serio.
—Señora, esto es un asunto de pareja.
—No cuando uno de los dos necesita fuerza para obtener una firma.
—No sabe de qué habla.
—Sé exactamente lo que estoy viendo.
Teresa intervino.
—No dramatice, Adela.
Mi abuela giró la mirada hacia ella.
—No estoy dramatizando.
Luego volvió a mirarme.
—Lucía, conserva los mensajes que te haya enviado sobre esa propiedad.
Mi estómago se cerró.
Esteban aflojó apenas la mano.
—¿Qué mensajes?
—Los que acabas de recordar —contestó mi abuela.
Fue entonces cuando llegó Gabriel.
El hermano mayor de Esteban dirigía una compañía de transporte que tenía contratos con constructoras, dependencias públicas y grandes cadenas comerciales.
En las fotografías de periódicos siempre aparecía cortando listones o entregando donativos.
En privado, hablaba poco y conseguía demasiado.
La gente lo respetaba porque tenía dinero, contactos y una memoria aterradora para las deudas.
Entró por el pasillo ajustándose el saco.
—Perdonen la demora, había tráfico en la autopista y…
Vio a mi abuela.
Se quedó inmóvil.
Yo estaba tan concentrada en liberarme de Esteban que tardé un segundo en notar su expresión.
Gabriel parecía haber visto un fantasma.
—Doctora Salvatierra.
Mi abuela sostuvo su mirada.
—Gabriel Kuri.
El apellido era distinto al de Esteban porque Gabriel usaba el de su padre en los negocios y Esteban el de su madre.
Nunca me había parecido importante.
Hasta ese momento.
Gabriel retrocedió.
—Pensé que estaba retirada.
—Lo estoy.
—Entonces… esto no tiene relación con mi empresa.
Mi abuela miró la carpeta azul.
Después miró la mano de Esteban sobre mi muñeca.
—Eso todavía no lo sé.
Gabriel se acercó a su hermano.
—Suéltala.
Esteban se rio.
—¿Qué te pasa?
—Suéltala ahora.
—¿Por qué?
Gabriel bajó la voz.
—Porque no sabes quién es esa mujer.
Mi abuela cerró los ojos un instante.
Mi madre preguntó lo que todos pensábamos.
—Mamá, ¿de qué está hablando?
Adela se quitó el chal y lo dejó doblado sobre la silla.
—Trabajé veintisiete años en la fiscalía federal.
Mi padre frunció el ceño.
—Eso lo sabemos.
Eras asesora.
—Esa era la explicación sencilla.
Gabriel soltó una risa sin humor.
—Ella dirigió el equipo que investigó a nuestro padre.
Esteban lo miró.
—¿Qué?
—A nuestro padre, a sus socios, a dos funcionarios de aduanas y a media docena de empresas.
Encontró las sociedades que usaban para mover dinero cuando nadie más pudo conectar las cuentas.
Mi abuela añadió:
—Fue hace veintiocho años.
Teresa se levantó bruscamente.
—Y quedó cerrado.
Adela la observó.
—El proceso penal terminó.
—Entonces déjelo muerto.
La manera en que Teresa dijo aquello me hizo olvidar por un segundo mi muñeca.
Mi abuela señaló la carpeta.
—El problema es que un terreno que nunca apareció en aquel expediente acaba de regresar a mi familia.
Miré los documentos.
—¿La panadería?
—El patio trasero y el acceso de servicio.
Gabriel cerró los ojos.
Yo sentí una punzada de frío.
Durante meses Esteban había repetido que debíamos vender porque necesitábamos liquidez.
Había insistido en que un comprador estaba dispuesto a pagar mucho más de lo que valía el inmueble.
De pronto aquella generosidad