teniendo razón.
Afuera comenzaba a llover.
Las gotas golpeaban el toldo nuevo sobre la entrada de la panadería.
Yo observé mi nombre pintado discretamente en el vidrio, encima del año en que mi abuelo había abierto el negocio.
No había vendido su legado.
Pero tampoco me había quedado atrapada dentro de él.
Lo había convertido en algo mío.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso bastaba.