documento no figuraba en nuestra revisión legal.
—Porque ustedes no solicitaron los protocolos históricos —respondió Molina.
El abogado de los compradores miró a Julián.
—Usted declaró por escrito que no existían restricciones no reveladas.
Julián palideció.
—No conocía esta.
—Yo te entregué una copia hace seis años —dije.
Él me miró.
—Nunca la vi.
—Estaba dentro de una carpeta azul con documentos de tu padre.
Su expresión cambió.
—Esa carpeta desapareció durante la remodelación de mi oficina.
Todas las miradas fueron hacia Verónica.
Ella se defendió enseguida.
—¿Insinúan que yo robé una carpeta vieja?
—Todavía no insinué nada —respondí.
Abrí mi carpeta y saqué las transferencias investigadas por Esteban.
Expliqué que la supuesta crisis de liquidez coincidía con pagos extraordinarios a empresas vinculadas con familiares y conocidos de Verónica.
Los representantes compradores dejaron de hablar.
Uno llamó a su oficina.
Julián tomó los documentos.
—¿Quién es dueño de Altura Gestión?
Verónica no respondió.
—Su hermano Mauricio —dijo Esteban.
Mi hijo cerró los ojos un momento.
—Me dijiste que Mauricio no tenía relación con la bodega.
—Tiene contactos comerciales.
—La empresa le pagó ciento veinte mil dólares.
—Por servicios.
—¿Qué servicios?
Ella empezó a hablar de posicionamiento, estrategia de marca y búsqueda de inversores.
Entonces Esteban explicó que buena parte de los informes presentados como trabajo de consultoría habían sido preparados por empleados internos de la propia bodega.
El aire del salón cambió.
Ya no estábamos discutiendo una venta.
Estábamos presenciando el derrumbe de una versión cuidadosamente construida.
Los compradores suspendieron la operación.
Verónica intentó marcharse.
Su teléfono sonó antes de que pudiera llegar a la puerta.
La pantalla mostró el nombre de Mauricio.
Julián contestó en altavoz.
—¿Ya firmaron? —preguntó el hombre—.
Necesito saberlo antes de mover el resto del dinero.
Después de un silencio insoportable, Julián dijo:
—Soy yo.
Mauricio colgó.
Verónica cerró los ojos.
Fue el momento en que la mano que me había empujado comenzó a temblar.
Pero aquello no fue el final.
Fue apenas la primera puerta.
Los abogados congelaron sus facultades administrativas esa misma tarde.
Esteban obtuvo autorización para revisar los servidores y los respaldos internos.
A las seis de la tarde, cuando casi todos se habían marchado, Lucía me entregó una memoria USB.
—Encontramos correos eliminados —dijo.
—¿Sobre las transferencias?
—Algunos.
Pero hay uno diferente.
—¿Diferente cómo?
—Fue enviado tres semanas antes de que muriera don Ernesto.
Sentí un escalofrío.
Ernesto había muerto después de una enfermedad cardíaca.
No hubo nada misterioso en su fallecimiento.
Había pasado meses entrando y saliendo de consultas médicas.
—¿Quién lo envió?
—Verónica.
El correo estaba dirigido a un estudio jurídico que yo no conocía.
El asunto decía: Revisión de capacidad y modificación testamentaria.
Lo leí dos veces.
Según el mensaje, Verónica quería saber si un documento firmado por una persona con deterioro cognitivo podía ser impugnado después de su muerte.
Ernesto nunca había sido diagnosticado con deterioro cognitivo.
Al menos no que yo supiera.
El correo mencionaba también una segunda versión de su testamento.
Volví a casa con la memoria USB en el bolsillo y una pregunta que no me dejó dormir.
A la mañana siguiente, Julián llegó a la planta a las siete, como le había pedido.
No llevaba traje.
Se había puesto jeans, botas y una campera vieja.
Caminamos por el área de embotellado.
Los trabajadores