La llamada llegó a las 2:17 de la madrugada, cuando la tormenta golpeaba Guadalajara con tanta fuerza que el agua parecía lanzada a cubetas contra los ventanales del apartamento.
Elena Salgado abrió los ojos antes de comprender por qué estaba despierta.
Después vio el teléfono vibrando sobre la mesa de noche.
Camila.
Su sobrina de siete años nunca la llamaba a esas horas.
—¿Bueno?
Durante unos segundos no escuchó nada.
Luego llegó un susurro tembloroso.
—Tía Elena… ayúdame.
Elena se incorporó de golpe.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estás?
—Estoy encerrada.
Una pausa.
—No encuentro la luz.
Tengo frío.
Elena apretó el teléfono contra la oreja.
—¿En qué cuarto estás, Camila?
Del otro lado se oyó un pequeño golpe, luego el sonido metálico de algo moviéndose detrás de una puerta.
—Donde guardan las cajas y el jabón.
La tía Verónica dijo que no saliera hasta aprender a obedecer.
—Escúchame.
Voy por ti.
No cuelgues.
Pero la llamada se cortó.
Elena marcó de nuevo.
Nada.
Otra vez.
Buzón de voz.
A su lado, Mateo abrió los ojos.
—¿Qué ocurre?
Elena ya se estaba poniendo un pantalón encima del pijama.
—Camila está encerrada en casa de mis tíos.
—¿Encerrada cómo?
—Con una puerta que no puede abrir.
Mateo se levantó.
—Voy contigo.
Elena miró hacia el pasillo.
En la habitación contigua dormía su hija Sofía, de cinco años.
—No.
Quédate con ella.
Yo te aviso.
Mateo la sujetó suavemente por el brazo.
—Llama a la policía.
Elena ya había pensado en eso.
También pensó en Verónica.
Su tía era especialista en convertir cualquier acusación en un malentendido.
Tenía documentos, explicaciones y una voz tranquila que hacía parecer exagerada a cualquiera que la contradijera.
Meses atrás, cuando Mariana, la hermana menor de Elena, había sufrido una crisis psiquiátrica grave y tuvo que ser internada, Verónica y su esposo Sergio se ofrecieron como cuidadores temporales de Camila.
Parecían la opción lógica.
Tenían una casa grande, ingresos estables y ninguna denuncia previa.
Durante las entrevistas con trabajadores sociales, Verónica hablaba de rutinas, comidas balanceadas y apoyo escolar.
Sergio asentía en los momentos exactos.
Elena, en cambio, vivía en un apartamento pequeño, trabajaba por turnos y tenía una hija propia.
Nadie le dijo directamente que no podía cuidar a Camila, pero todos parecían asumir que Verónica era la alternativa más organizada.
Al principio, Elena también quiso creerlo.
Hasta que empezó a notar detalles.
Camila guardaba galletas en los bolsillos.
Preguntaba si podía tomar agua antes de servirse.
Y una tarde, cuando Elena dejó caer accidentalmente una cuchara, la niña se agachó y se cubrió la cabeza con los brazos.
Verónica se rio.
—Está dramática desde que su madre se enfermó.
Otra vez, Elena comentó que la niña parecía más delgada.
Sergio respondió sin mirarla:
—Es caprichosa para comer.
Elena preguntó por qué Camila tenía un moretón en la pierna.
—Se cayó en educación física —dijo Verónica.
Todo tenía explicación.
Siempre.
Pero aquella madrugada ya no había explicación que importara.
Elena condujo bajo la lluvia con ambas manos aferradas al volante.
A las 2:41 estacionó frente a la casa de Verónica y Sergio.
No había luces encendidas.
Corrió hasta la puerta y golpeó.
—¡Camila!
Nada.
Golpeó otra vez.
—¡Verónica! ¡Sergio!
Silencio.
Intentó llamar a ambos teléfonos.
Ninguno respondió.
Entonces rodeó la casa.
En el lateral había una ventana pequeña