mañana del divorcio, ese desprecio quedó por fin expuesto sin maquillaje.
—Puedes volver a una vida sencilla —dijo Julián frente al juzgado—.
No tiene nada de malo.
Camila miró a Teresa, a Paula y a los dos primos que habían acudido como si el divorcio fuera un espectáculo familiar.
Entonces tomó una decisión.
—Dentro de cuatro semanas daré una cena —dijo—.
Quiero invitarlos a todos.
Paula se rio.
—¿A todos los Arriaga?
—A todos los que quieran venir.
—Somos casi cuarenta.
—Habrá espacio.
Teresa inclinó la cabeza.
—Camila, no tienes que gastar dinero que no tienes para impresionarnos.
—No será un problema.
—¿Dónde será?
—Recibirán la dirección.
Julián sonrió con superioridad.
—Sigues queriendo demostrar algo.
Camila negó suavemente.
—Solo quiero que vean algo que nunca se molestaron en mirar.
Se alejó.
A media cuadra, una camioneta gris esperaba junto a la banqueta.
Ernesto Salcedo, asesor de la familia Valdivia durante más de veinte años, bajó para abrirle la puerta.
—Señora Valdivia —dijo—, el consejo confirmó la reunión de las cuatro.
Camila subió.
—¿La auditoría de Arriaga Desarrollos?
—Encontraron más inconsistencias.
Ella cerró los ojos unos segundos.
Aquello era justamente lo que no quería escuchar.
Tres años antes, Julián le había hablado con entusiasmo de un proyecto de vivienda que podía transformar la constructora de su familia.
Necesitaban capital.
Los bancos no querían asumir todo el riesgo.
Camila, sin revelar su participación, ordenó a una subsidiaria de Valdivia Capital analizar el proyecto.
Los números tenían sentido.
La inversión se aprobó.
Julián celebró durante semanas haber convencido a un misterioso fondo privado.
Nunca supo que su esposa había estado en la reunión final, conectada desde otra sala y escuchando su presentación.
Al principio, el proyecto funcionó.
Después empezaron los retrasos.
Luego aparecieron discrepancias entre ventas reportadas y contratos efectivamente firmados.
Camila pidió discreción.
Quería darle a Julián la oportunidad de explicar.
Antes de que pudiera confrontarlo, él llegó a casa una noche y anunció que quería divorciarse.
—No somos compatibles —dijo.
Después añadió algo que ella nunca olvidaría.
—Siento que llevo años cargándote.
Dos días después, vació casi toda la cuenta conjunta, convencido de que aquel dinero provenía principalmente de él.
Camila no discutió.
Pero dejó de intervenir en la auditoría.
Cuatro semanas más tarde, treinta y siete integrantes de la familia Arriaga llegaron a una propiedad situada entre colinas, viñedos jóvenes y largos caminos de jacarandas.
Teresa fue la primera en notar que algo no encajaba.
—No parece restaurante.
Julián miró la invitación.
—Quizá rentó un salón.
La reja de hierro se abrió después de que el guardia verificara sus nombres.
—Bienvenidos a la residencia de la señora Camila Valdivia —dijo.
Julián sintió que se le secaba la boca.
Valdivia.
Había visto ese apellido aquella misma mañana.
Una carta enviada a Arriaga Desarrollos informaba que Valdivia Capital suspendía temporalmente ciertas garantías financieras debido a inconsistencias detectadas en una revisión interna.
—Debe ser coincidencia —murmuró.
Paula ya estaba buscando información en su teléfono.
Las primeras fotografías mostraban edificios corporativos, terminales logísticas y conferencias empresariales.
Luego encontró una imagen antigua de Camila al lado de Arturo Valdivia.
—Julián…
Él no respondió.
La camioneta se detuvo frente a una casa de piedra clara.
Camila esperaba bajo la luz cálida de la entrada.
Llevaba un vestido verde oscuro y un reloj pequeño de correa marrón.