Julián conocía aquel reloj.
Lo había criticado más de una vez.
—Algún día te compraré uno de verdad —le había dicho.
Esa noche entendió que pertenecía al abuelo de Camila y que había aparecido en varias fotografías históricas de la familia Valdivia.
Teresa subió los escalones.
—Necesito saber qué está pasando.
—Pasen —respondió Camila—.
La cena está lista.
—¿De quién es esta casa?
—Mía.
Teresa apretó los labios.
—¿La empresa te la presta?
—No.
Paula levantó el teléfono.
—¿Eres Camila Valdivia Ríos?
Camila la miró.
—Sí.
—¿La presidenta de Valdivia Capital?
—Sí.
El silencio cayó sobre la entrada.
Julián dio un paso hacia ella.
—Eso no puede ser verdad.
—Lo es.
—Te conocí trabajando en una cafetería.
—Me conociste en una cafetería.
—Dijiste que estabas trabajando.
—Estaba revisando la compra del edificio.
Paula cerró los ojos.
Uno de los primos dejó escapar un silbido involuntario.
Julián parecía incapaz de procesarlo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Camila tardó un instante en contestar.
—Al principio porque quería saber si podías quererme sin interesarte por mi apellido.
—¿Me pusiste a prueba?
—No.
Protegí mi privacidad.
Después de casarnos pensaba contarte todo cuando sintiera que era el momento correcto.
—¿Y nunca llegó?
Camila sostuvo su mirada.
—Llegaron demasiados momentos incorrectos primero.
La frase lo golpeó más que un grito.
Entraron al comedor.
La mesa tenía cuarenta lugares.
No había ostentación excesiva, solo flores blancas, velas y vajilla sencilla.
Teresa se sentó frente a Camila.
—Supongamos que todo esto es verdad —dijo—.
¿Qué tiene que ver con la carta que recibió la empresa hoy?
Camila hizo una seña a Ernesto.
Él colocó una carpeta gris frente a Julián.
—Ábrela.
Julián leyó la primera página.
Era el acuerdo de financiamiento que Arriaga Desarrollos había firmado dos años antes con una subsidiaria de Valdivia Capital.
Pasó a la siguiente.
Luego a otra.
Su rostro cambió.
—Tú financiaste el proyecto Altavista.
—Valdivia Capital participó en la inversión.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de que firmaras.
—¿Y nunca dijiste nada?
—No necesitabas saber quién estaba detrás para administrar bien el dinero.
Teresa golpeó suavemente la mesa con un dedo.
—Eso significa que podrías arreglar el problema de la carta.
Camila la miró.
—El problema no es la carta.
—Claro que lo es.
Sin esas garantías, el banco puede exigir nuevas condiciones.
—El problema son los números falsos que recibió el banco.
Julián se quedó quieto.
Paula miró a su hermano.
—¿Qué números?
Camila abrió otra carpeta.
—Arriaga Desarrollos reportó veintinueve departamentos como vendidos.
Nuestra auditoría descubrió que once de esas operaciones nunca se cerraron y ocho corresponden a contratos cancelados meses antes.
—Eso es imposible —dijo Julián.
—Tenemos los registros.
—Finanzas prepara esos reportes.
—La versión enviada al banco fue aprobada con tu usuario.
Teresa giró hacia su hijo.
—Julián.
—Yo autorizo cientos de documentos.
—Entonces alguien utilizó tu acceso —respondió Camila—.
Eso también necesita investigarse.
Julián se puso de pie.
—¡Esto es absurdo! Esperaste al divorcio para intentar destruirme.
—La auditoría empezó tres meses antes de que presentaras la demanda.
La respuesta lo dejó sin impulso.
Camila continuó.
—Cuando aparecieron las primeras diferencias pedí que nadie tomara medidas inmediatas.
Quería que tuvieras oportunidad de corregir cualquier error.
—¿Tú pediste eso?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eras mi esposo.
Julián volvió a sentarse.
Por primera vez desde que