información de la empresa.
Ramiro soltó una risa triste.
—Me despidieron porque me negué a seguir ocultando pagos.
—Eso es mentira.
—Tengo copias.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
Camila no la abrió inmediatamente.
—Ramiro, necesito que diga delante de todos exactamente lo que nos explicó.
Él miró a Teresa.
—Durante casi dos años, parte del dinero destinado al proyecto Altavista fue transferido a tres empresas proveedoras.
Las facturas parecían legítimas, pero dos proveedores no tenían empleados y compartían beneficiario final.
Julián giró hacia su madre.
—¿Quién?
Ramiro respondió.
—Una sociedad administrada por el hermano de la señora Teresa.
Paula dejó caer el tenedor.
—¿El tío Esteban?
Teresa se levantó.
—Era un acuerdo temporal.
Julián la miró con incredulidad.
—¿Qué acuerdo?
—No entiendes cómo funciona una empresa familiar.
—¡Soy el director general!
—Precisamente por eso necesitaba protegerte.
Teresa empezó a caminar alrededor de la mesa.
—Altavista estaba perdiendo dinero al comienzo.
Teníamos deudas antiguas.
Moví ciertos pagos para sostener otras obligaciones hasta que las ventas mejoraran.
Ramiro negó.
—Fueron más de nueve millones de pesos.
El comedor quedó en silencio.
Julián se dejó caer en la silla.
—¿Nueve millones?
—Parte regresaría —insistió Teresa.
—¿Y falsificaste las ventas para cubrir el faltante? —preguntó Camila.
Teresa no contestó.
Ramiro abrió la carpeta.
—Yo me negué a presentar el último reporte.
Dos días después me despidieron.
La nueva directora financiera envió cifras modificadas.
Julián miró a Camila.
—Entonces mi usuario…
—Fue utilizado desde un equipo registrado en tu oficina —explicó Ernesto—.
Aún estamos determinando quién tuvo acceso.
Julián volvió hacia Teresa.
—Tú tenías llave.
Ella cerró los ojos.
—Lo hice para salvar lo nuestro.
—Me convertiste en responsable.
—Pensé que podríamos corregirlo antes de que alguien revisara.
—¡Usaste mi nombre!
Camila no intervino.
Aquella confrontación no le pertenecía.
Durante años, Teresa había controlado a su hijo mediante una mezcla de dinero, culpa y lealtad familiar.
Julián lo había permitido porque ese sistema también lo beneficiaba.
Ahora, por primera vez, estaba viendo el costo.
—¿Sabías que Valdivia estaba detrás del fondo? —preguntó él.
—No —respondió Teresa.
—¿Y si lo hubieras sabido?
Teresa miró a Camila.
La respuesta estaba escrita en su cara.
La habría tratado de manera completamente distinta.
Camila sintió una tristeza extraña.
No satisfacción.
Tristeza.
Porque esa era precisamente la razón por la que nunca había querido revelar su apellido.
Teresa se acercó.
—Puedo devolverlo.
—Eso corresponde discutirlo con los abogados y auditores —dijo Camila.
—Tú controlas todo esto.
—No controlo las consecuencias de decisiones que no tomé.
—Puedes protegernos.
—Puedo proteger los empleos y los proyectos viables.
Eso haré.
—¿Y a Julián?
Camila miró a su exmarido.
—Julián tendrá que demostrar qué sabía y qué no sabía.
Él levantó los ojos.
—¿Crees que participé?
—No lo sé.
La respuesta fue dolorosamente sincera.
—Pero ya no voy a utilizar mi poder para evitarte preguntas difíciles solo porque te amé.
Julián tragó saliva.
—¿Me amaste?
—Muchísimo.
—¿Y ahora?
Camila tardó unos segundos.
—Ahora me respeto lo suficiente para no confundir amor con permiso.
Nadie habló.
La reunión terminó casi a medianoche.
Los familiares fueron marchándose sin las bromas con las que habían llegado.
Algunos evitaron mirar a Camila.
Otros se acercaron a disculparse torpemente.
Paula fue una de las últimas.
—Fui horrible contigo —dijo.
Camila asintió.
—Sí.
Paula soltó una pequeña risa avergonzada.