La noche en que Valeria Montes fue expulsada de su casa, su padre creyó que estaba defendiendo el honor de la familia.
Nueve años después descubriría que, en realidad, había estado ignorando una advertencia que podía salvarle la vida.
Valeria tenía veinte años cuando vio aparecer dos líneas rosadas en una prueba de embarazo dentro del baño de la universidad.
Se quedó sentada sobre la tapa del inodoro durante varios minutos, sosteniendo el pequeño dispositivo entre los dedos mientras escuchaba a otras estudiantes entrar, reír y salir como si el mundo no acabara de inclinarse bajo sus pies.
No era únicamente miedo.
Dos semanas antes había enterrado a Mateo Salcedo, su novio desde el último año de preparatoria.
Un tráiler había invadido el carril contrario en la carretera hacia San Luis Potosí.
Mateo murió antes de llegar al hospital.
Valeria todavía tenía mensajes de voz que no podía escuchar sin sentir que le faltaba el aire.
Uno de ellos había sido grabado apenas cuatro días antes del accidente.
—Tengo que contarte algo sobre unos estudios que me hice —decía Mateo—.
No quiero asustarte.
Solo prométeme que hablaremos en persona.
Nunca tuvieron esa conversación.
Después del funeral, la madre de Mateo le entregó a Valeria una mochila que había quedado en su automóvil.
Dentro encontró ropa, un cargador, dos libros, una caja pequeña con fotografías y una carpeta médica cerrada con una liga.
Valeria no la abrió hasta la noche en que confirmó su embarazo.
Lo que encontró cambió todo.
Mateo había sido diagnosticado como portador de una mutación relacionada con una forma hereditaria de cardiomiopatía.
Su padre había muerto a los treinta y nueve años.
Dos tíos paternos también habían fallecido antes de los cincuenta, ambos después de episodios que durante años se habían atribuido a desmayos, presión baja o estrés.
Entre los documentos había una nota escrita por Mateo.
“Si algún día tenemos hijos, tenemos que hablar con un genetista.
No significa que vaya a pasar algo malo.
Solo significa que debemos saberlo.”
Valeria leyó aquella frase una y otra vez.
Esa misma semana descubrió algo todavía más extraño.
En el árbol familiar adjunto a los estudios aparecía el apellido Villaseñor.
Era el apellido de soltera de su madre.
Al principio pensó que era una coincidencia.
No sabía todavía que ese detalle acabaría llevándola de regreso a la casa de la que sería expulsada.
Tres noches después, reunió a sus padres en la cocina.
Su madre, Teresa, estaba sirviendo café.
Su padre, Rafael, revisaba facturas del pequeño negocio familiar de ferretería.
Valeria dejó la prueba de embarazo sobre la mesa.
Teresa dejó caer la cuchara.
Rafael miró el objeto durante unos segundos y después levantó los ojos.
—Dime que no es tuya.
—Sí es mía.
—¿Quién es el padre?
Valeria sintió que el nombre de Mateo le quemaba en la garganta.
—No puedo decirlo todavía.
—¿Todavía? —repitió Teresa—.
¿Qué significa eso?
—Necesito confirmar algunas cosas.
Rafael se quitó los lentes.
—¿Está casado?
—No.
—¿Es alguien mayor?
—No.
—Entonces deja de protegerlo.
Valeria apretó las manos bajo la mesa.
Podía haber dicho el nombre de Mateo.
Podía haber explicado que él había muerto.
Pero eso habría abierto preguntas sobre la carpeta, la mutación y un parentesco que ni siquiera ella entendía aún.
Además, tenía miedo de algo más.
Su padre