Volvió con su hija nueve años después y reveló el secreto familiar

mirada bajó inmediatamente hacia Alma.

Se cubrió la boca con las manos.

—Dios mío.

Alma se acercó un poco más a su madre.

Rafael fue el primero en recuperar la rigidez.

—¿Qué haces aquí?

—Necesito hablar con ustedes.

—Después de nueve años.

—Sí.

—¿Y ella?

Valeria tomó la mano de Alma.

—Es mi hija.

Teresa comenzó a llorar.

—¿Cómo se llama?

—Alma.

Rafael abrió más la puerta, aunque no llegó a decir que entraran.

Valeria pasó.

El recibidor olía igual: madera encerada y café.

Sobre una repisa seguía la fotografía de su graduación de preparatoria.

Eso le dolió más de lo que esperaba.

Rafael permaneció de pie.

—Imagino que ahora sí vas a decirnos quién era el padre.

Valeria dejó el bolso sobre una silla.

—Mateo.

Teresa parpadeó.

—¿Mateo Salcedo?

—Sí.

Su madre se sentó.

—Pero Mateo había muerto cuando tú…

—Dos semanas antes de que yo descubriera el embarazo.

Rafael cerró los ojos un instante.

—¿Por qué demonios no lo dijiste?

—Porque había algo más.

Sacó la carpeta.

Rafael miró los documentos con evidente impaciencia.

—No vine a discutir sobre lo que pasó aquella noche —dijo Valeria—.

Vine porque sé que te has desmayado varias veces.

Rafael se quedó inmóvil.

—¿Quién te contó eso?

—No importa.

—Claro que importa.

—Papá, esto no es un chisme.

Abrió el informe genético de Alma.

—Tu nieta tiene una cardiomiopatía hereditaria.

Teresa soltó un suspiro ahogado.

—¿Está enferma?

—Está estable.

La detectaron temprano y la están controlando.

Alma miró a su abuela.

—Puedo hacer casi todo.

Solo no me dejan competir en carreras largas.

Teresa sonrió entre lágrimas.

Rafael no apartó la vista de Valeria.

—¿Eso viene de Mateo?

—En parte.

—¿En parte?

Valeria sacó su propio resultado.

—Yo también soy portadora.

Rafael frunció el ceño.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Valeria señaló el árbol familiar reconstruido.

—La mutación no apareció solamente en la familia de Mateo.

La misma rama genética conecta con la familia de mamá.

Teresa se inclinó hacia el documento.

—No entiendo.

—Los Villaseñor.

El nombre produjo una reacción inmediata.

Teresa retiró la mano.

Valeria lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Mamá.

—He dicho que nada.

Rafael miró a su esposa.

—Teresa, ¿qué sabes?

Ella negó con la cabeza.

Valeria continuó.

—La doctora cree que uno de ustedes podría ser portador.

Y si papá está teniendo desmayos, necesita valoración cuanto antes.

Rafael caminó hacia la ventana.

—Estoy perfectamente bien.

—Te has desmayado tres veces.

Él giró.

—¿Tres?

Teresa lo miró horrorizada.

—Me dijiste que había sido una sola vez.

Rafael guardó silencio.

Valeria entendió entonces que su madre tampoco conocía toda la verdad.

—¿Has sentido palpitaciones? —preguntó.

—A veces.

—¿Dolor?

—No.

—¿Falta de aire?

Rafael apretó la mandíbula.

—Cuando subo escaleras.

Valeria empujó la carpeta hacia él.

—Hazte los estudios.

—¿Y si no quiero?

La pregunta recordó demasiado al hombre que la había expulsado.

Pero esta vez Valeria no tenía veinte años.

—Entonces será tu decisión.

Pero no podrás decir que nadie te advirtió.

Rafael la miró fijamente.

Luego bajó la vista hacia Alma.

La niña estaba dibujando círculos con la punta del zapato sobre el piso.

Algo en su rostro cambió.

—¿Ella necesita cirugía?

—No por ahora.

—¿Medicamentos?

—Sí.

—¿Tiene peligro?

Valeria respondió sin suavizarlo.

—Si no se controla, sí.

Rafael se sentó lentamente.

Por primera vez desde

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