que debemos estudiar más —dijo el especialista—.
¿Hay antecedentes familiares de cardiomiopatías o muertes súbitas?
Valeria abrió el bolso y sacó la carpeta de Mateo.
La había conservado durante siete años.
—Sí.
El cardiólogo hojeó los documentos.
—¿El padre de la niña era portador?
—Sí.
—Necesitaremos una valoración genética para Alma.
Y sería recomendable estudiarte a ti también.
Valeria sintió que un miedo antiguo regresaba.
Las pruebas tardaron varias semanas.
Alma era portadora de la misma variante de riesgo que aparecía en los estudios de Mateo.
Pero hubo una sorpresa.
Valeria también la tenía.
—Eso no prueba que venga de tu familia materna —le explicó la genetista, la doctora Marcela Ibarra—.
Podría existir una coincidencia o un error en los árboles familiares antiguos.
Necesitamos reconstruir ambas líneas.
Valeria sacó entonces la hoja que había guardado desde los veinte años.
—Hay un apellido repetido.
Marcela lo observó.
—Villaseñor.
—Es el apellido de soltera de mi madre.
La investigación comenzó casi como un rompecabezas.
Actas de nacimiento, registros parroquiales digitalizados, nombres incompletos y fotografías familiares que Valeria consiguió discretamente a través de una prima.
Meses después apareció la conexión.
El bisabuelo materno de Mateo y el abuelo de Teresa provenían de la misma familia extendida.
El parentesco era lejano, pero real.
La mutación llevaba décadas circulando por varias ramas familiares sin que nadie lo supiera.
Valeria llamó a su madre aquella noche.
El número que tenía ya no existía.
Pensó en escribir una carta.
No lo hizo.
Todavía estaba furiosa.
También estaba asustada de regresar.
Entonces ocurrió algo que cambió la urgencia.
Una antigua vecina, la señora Julia, encontró a Valeria en redes sociales y le escribió.
“Qué gusto saber que estás bien.
Tu papá sigue igual de terco.
El otro día nos dio un susto porque se desmayó en el supermercado.
Dice que fue por no desayunar, pero ya van varias veces.”
Valeria leyó el mensaje tres veces.
Llamó a la doctora Ibarra.
—Si mi padre fuera portador y estuviera teniendo síncopes, ¿qué tan serio sería?
—No puedo diagnosticarlo sin verlo —respondió Marcela—, pero con este antecedente familiar debería evaluarse cuanto antes.
Esa noche Valeria no durmió.
Podía mantenerse lejos.
Podía decirse que Rafael había elegido expulsarla y que ahora debía enfrentar sus propias decisiones.
Pero al amanecer comprendió que no era la persona que quería ser.
Dos días después, mientras Alma desayunaba cereal, la niña preguntó:
—¿Por qué nunca veo a tus papás?
Valeria dejó la taza sobre la mesa.
—Porque hace muchos años nos lastimamos.
—¿Ellos te hicieron algo?
—Sí.
—¿Y tú a ellos?
Valeria tardó en responder.
—También.
Me fui sin explicar muchas cosas.
Alma pensó unos segundos.
—Entonces quizá todavía puedan arreglarlo.
La sencillez de la frase terminó de decidirla.
El sábado siguiente condujeron hasta Querétaro.
Cuando Valeria estacionó frente a la casa de su infancia, permaneció varios minutos con las manos sobre el volante.
La fachada parecía más pequeña.
La bugambilia del patio había crecido hasta cubrir parte de una ventana.
Alma observó la casa.
—¿Aquí creciste?
—Sí.
—¿Estás nerviosa?
Valeria sonrió apenas.
—Muchísimo.
—Yo también.
Caminaron juntas hasta la puerta.
Rafael abrió después del segundo timbrazo.
Había envejecido más de lo que Valeria esperaba.
Tenía el cabello casi blanco y ojeras profundas.
Durante varios segundos no dijo nada.
—Valeria.
Teresa apareció detrás de él.
Su